sábado, noviembre 20

Naturaleza modificada


En México, Enrique Norten aprovecha la topografía del paisaje para crear un centro de investigaciones biológicas semienterrado.

En Irapuato, en el corazón de los territorios agrícolas del Bajío mexicano, Enrique Norten proyectó LANGEBIO, la nueva sede para el Laboratorio Nacional de Genómica para la Biodiversidad, un centro de estudios y experimentación en biología y biotecnología de plantas.

El proyecto de Norten se inició en 2005 y fue inaugurado recientemente. En medio de un paisaje de suaves ondulaciones, el terreno tenía un declive sobre su dirección más larga y una fisura en sentido transversal. Norten aprovechó estas características topográficas para insertar el edificio; o más precisamente, los edificios, ya que seccionó el programa en áreas, resueltas en tres cuerpos diferenciados. Por una parte están las oficinas administrativas, proyectadas como un edificio alargado y estrecho, de cinco plantas desplazadas. El auditorio ocupa otro edificio que prácticamente desaparece debajo de la pendiente del terreno. Y finalmente, el mayor volumen, destinado a los laboratorios de investigación y experimentación, está diseñado como dos barras superpuestas y perpendiculares entre sí. 


Norten remarca la fisura natural del terreno, la rediseña y la transforma en una calle –el espacio público de LANGEBIO– sobre la que se ubican los accesos a los tres edificios. Sobre uno de los lados, la calle queda definida por el cuerpo de los laboratorios. Como está apoyado sobre el sector más alto del terreno, actúa como un muro de contención de la pendiente de la colina, que lo cubre, dejando una única fachada visible: una placa blanca, brillante y silenciosa, desde la que se proyecta el voladizo del segundo cuerpo que regla la perspectiva de la calle.

Para la planta de los laboratorios, Norten proyectó dos largas tiras unificadas por la circulación, que recorre todo el edificio. La tira más delgada, con la sucesión de depósitos y servicios; y la más ancha y de doble altura, con los laboratorios. Con una serie de patios rectangulares, colocados transversales al sentido de la barra, y levemente desplazados entre sí, Norten consigue que los laboratorios tengan una iluminación muy pareja a lo largo del día, control climático y silencio. De este modo logra un edificio hermético, oculto debajo de la colina modificada y detrás de la pulcra impenetrabilidad de la fachada.


El arquitecto borra las puertas de acceso, las subsume y las indiferencia en el largo muro de la fachada, acentuando, justamente, la idea de misterio que rodea a la investigación y la experimentación genéticas. La sombra neta que proyecta el voladizo de la barra superior sobre la fachada apenas da un indicio del acceso. La barra superior es transparente, pero no para abrir las vistas del edificio, cerradas por otras capas opacas, sino para exhibir la estructura metálica y realzar el esfuerzo le supone soportar el extremo cuerpo en voladizo. Ahora bien, si en el exterior Norten borronea el acceso, en el interior, el lobby está proyectado canónicamente y pone en evidencia el orden programático. Ubicado en la intersección de las dos piezas del edificio, toma el ancho de ambas, tiene altura simple en el primer segmento y doble en el segundo, corta el sistema de repetición de los laboratorios, cruza las circulaciones verticales con las horizontales, y algo más, se proyecta y delinea en el cuerpo del auditorio, al otro lado de la calle.

El edificio administrativo aparece como el más abierto. Las delgadas plantas desplazadas sobre su eje mayor generan una serie de anchas terrazas cubiertas y descubiertas, remarcadas por los planos secos de hormigón, apenas perforados, de los lados largos.

En el segundo piso, la terraza se expande sobre los roleos artificiales del jardín, y cubre un túnel de hormigón que conecta el edificio con el estacionamiento, en la parte más baja del terreno. Pero si el cuerpo de laboratorios se cierra al exterior velando las vistas al ámbito de la experimentación, el edificio administrativo, urbano y expandido, está proyectado como la necesaria interfase entre producción científica y red urbana. Y el auditorio es otra cosa, casi un anti-edificio: ubicado siguiendo el ancho y la proyección del cuerpo en voladizo de los laboratorios, completa la lógica de la planta y desaparece debajo de las ondulaciones diseñadas del terreno. Solo quedan expuestos la fachada y un profundo socavón abierto en la tierra que lo ilumina.


Proyecto y paisaje

Enrique Norten nació en México en 1954. Después de graduarse de arquitecto en la Universidad Iberoamericana de Ciudad de México en 1978 y de hacer un magister en Cornell University, inició su práctica profesional en 1981. En 1986 fundó TEN, Taller de Enrique Norten. En 1998 proyectó un edificio para cocheras en el campus de la Universidad de Princeton, Estados Unidos, donde abrió una oficina en 2001. En 1999, fue el primer arquitecto latinoamericano que ganó el premio “Mies van der Rohe” por su trabajo.

En 2005, cuando Norten comienza a proyectar LANGEBIO, también está trabajando en uno de sus proyectos más polémicos: la sede del Museo Guggenheim en Guadalajara, aun no construido. En ambos proyectos manifiesta un interés muy marcado por situar a los edificios de una manera creativa respecto del paisaje, problema que se vincula con la cuestión de la sustentabilidad, y muy en consonancia con la época, con hacer evidentes las posibilidades estructurales de la arquitectura proyectando grandes piezas en voladizo.

La larguísima viga del Guggenheim, suspendida vertiginosamente sobre los seiscientos metros de la Barranca de Huentitan, tiene su correspondencia con el voladizo de la barra de los laboratorios tendida sobre la fisura de LANGEBIO.


Pero si en el Guggenheim crea un dispositivo para mirar el paisaje, LANGEBIO es un dispositivo de transformación del paisaje. Norten explica las modificaciones del terreno como una referencia a las transformaciones a la naturaleza que se operan en los laboratorios.

También en LANGEBIO, como en el Guggenheim, están sus preferencias por el envase simplificado, por las pieles que velan la visión y por la neutralización cromática. En realidad, estas preferencias pueden rastrearse desde sus trabajos más tempranos. El gran volumen metálico de la Concesionaria Jaguar, en México DF, de 1997, que parece flotar sobre el suelo. En el Hotel Habita, (1998) también en el Distrito Federal, pone a prueba por primera vez su estrategia de la piel translúcida. La fachada es una cortina de vidrios esmerilados, con unas mínimas ranuras transparentes. En las cocheras de la Universidad de Princeton, la piel metálica es una membrana translúcida que transforma a los autos en fantasmas mecánicos; y en LANGEBIO, la piel lustrosa y blanca hace de fachada del edificio de laboratorios uno de los planos más ciegos de la arquitectura mexicana: la textura extra-brillante tiene profundidad cero. También es reflectante, y al tiempo que ocluye la visión del trabajo en los laboratorios, refleja la artificialidad de la naturaleza modificada del paisaje la vuelve más artificial, y aún más extraña.
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