miércoles, enero 26

China y el encuentro cultural del siglo. (Des)Aciertos en Expo Shanghai 2010

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China parece ser una palabra cada vez más común en el vocabulario de los habitantes del mundo. El sostenido crecimiento económico durante treinta años del país más poblado se está traduciendo en un reordenamiento de las fuerzas económicas globales. Decenas, tal vez cientos de ciudades chinas muestran hoy un asombroso crecimiento, el que tendrá repercusiones en economías de todo el planeta. De visita en este país, que tuvo como motivo inicial la Exposición Universal Shanghai 2010, el estereotipo de la China pobre y atrasada comienza a desfigurarse para mí, mientras que diversos elementos, propios de la cultura china, matizan el paisaje económico, social y urbano de un país heterogéneo, desigual, diverso.


Shanghai es la ciudad a la cabeza del crecimiento urbano chino y campo de experimentación para muchas de las más grandes iniciativas de modernización urbana del país. En una primera impresión sobre la ciudad, ésta se percibe de forma distinta al resto del país -incluso a la capital, Beijing-. Ya luego de varios días en Shanghai, la sensación que deja esta urbe de 20 millones de habitantes es que el principal polo económico del país asiático se encamina velozmente a desplazar a los principales centros financieros de oriente en la actualidad: Tokio y Hong Kong.


Shanghai pareciera estar consciente de que puede convertirse en el Nueva York del nuevo siglo. Con un asombrosamente poderoso y organizado Departamento de Desarrollo Urbano, la ciudad se ha transformado radicalmente los últimos 20 años; asimismo, el desarrollo en la próxima década está garantizado con deslumbrantes proyectos urbanos gestionados por el gobierno y financiados tanto por el sector público como por privados. La ciudad luce reluciente. Enormes e icónicos rascacielos han ido transformando continuamente su skyline, las tiendas de lujo se pelean las calles principales e impecables parques y paseos son utilizados por miles de personas diariamente. Se ha desarrollado una red de metro extensa y muy moderna, el parque automotriz es prácticamente nuevo, los buses pasan a la hora y los shanghaneses lucen bien vestidos y “equipados” con aparatos electrónicos de última moda.


Con este panorama partí hacia las inmediaciones de la Expo en su penúltimo día. El lema de la exposición era “Better Cities, Better Life”. Es decir, me aprontaba para ver lo que sería el mayor despliegue tecnológico que jamás se había montado para hablar sobre las problemáticas de las ciudades y cómo proyectos de distintas áreas del conocimiento han podido o podrían mejorar la calidad de vida de sus habitantes. Sin duda, un acierto comunicacional y turístico para un país y una ciudad que quiere salir al mundo, recibir visitantes y, sobre todo, generar ganancias. 74 millones de visitas para un solo evento no es poco.


Lo primero que visité fueron los pabellones de ciudades, en una esquina del recinto, claramente en un segundo plano de importancia. La verdad es que, mientras algunas ciudades mostraban proyectos interesantes de reconversión urbana ya implementados –Londres, Barcelona, Hamburgo-, otros pabellones eran pobres exposiciones sobre los atractivos de las ciudades. Incluso algunas ciudades construyeron montajes simplemente incomprensibles, vacíos y finalmente inútiles.



Sin bajar el ánimo partí al llamado Pabellón del Futuro y posteriormente al Pabellón de la Urbanidad, a cargo de la organización del evento. Se trataba de dos enormes edificios, que contenían distintas salas temáticas con gran despliegue tecnológico. Buena parte del espacio utilizado correspondía a una gran parafernalia sin mucho contenido. Sin embargo, varias salas resultaron muy interesantes, con exposiciones resumidas, claras y de gran calidad acerca de proyectos de distinta índole en ciudades de todo el mundo.



Luego de estos pabellones, que subieron el nivel de la muestra, me dirigí a lo que sería el epicentro de las exposiciones: los pabellones de países. Tendría un día y medio para visitar estos contenedores de información que me imaginaba serían los más interesantes. He aquí la primera decepción grande: pese a que los dos últimos días de la Expo no fueron los más demandados –por ser más caros- y la cantidad de personas dentro del recinto era limitada, insufribles filas hacían de cada previa a los grandes pabellones un desagrado. Una organización que en muchos ámbitos resultó impecable, defrauda con esperas de cinco o más horas para los pabellones más pedidos -Alemania, Suiza, Italia, Emiratos Árabes- e invitaciones exclusivas para poder entrar a los pabellones de Japón y China. Detalles que indicaban que este era un evento realizado según la idiosincrasia china, que tiene grandes virtudes, pero también defectos. Haciendo hincapié en estos últimos, tienen cabida, por un lado, la incomodidad de las eternas esperas, y por otro, los privilegios de algunos por sobre el resto. Situaciones todavía ampliamente aceptadas por la población china.



Sin embargo, fue el recorrido por los distintos pabellones lo que más me sorprendió. Comenzando por la región latinoamericana, los gigantes del continente simplemente no estuvieron a la altura del evento. México fue el primer pabellón visitado que dejó completamente de lado el tema medular de la Expo: ciudades y calidad de vida. A cambio, los visitantes somos recibidos con un lindo video de los paisajes y las razas de ese país, además de reliquias aztecas y mayas y una elegante zona de ventas. Al frente de México estaba Brasil. Simplemente paupérrimo -y operado sólo por chinos- constaba de dos salas con pantallas gigantes. Una sala mostraba a sus futbolistas y la otra era un mix de personas y agradables paisajes brasileños que no vienen al caso. De Argentina, Venezuela y Colombia, mejor ni hablar. El resto de los países prácticamente no existió.


Y bueno, uno de los momentos esperados: Chile. Es un pabellón que no impresiona por fuera, pero del que me llevo una extraña pero grata sensación al recorrerlo. El pabellón tiene un contenido, una secuencia programática que simplemente no existía en otros pabellones de la región. A simple vista se evidencia una diferencia en orden y un esfuerzo por hacer las cosas – incluyendo al staff, la mayoría chilenos-, tanto en la propuesta temática, que trata la ciudad y la calidad de vida, como en la propuesta arquitectónica del pabellón.



Ya de salida del “barrio latino”, voy a conocer los pabellones europeos. El primero, Inglaterra. Una impresionante escultura hecha con miles de filamentos de cristal y… bueno, eso.



El segundo: España. Tratando de evitar la tediosa fila, me las arreglo para entrar directo. Sobre ciudades, algunas imágenes de historia urbana. Sobre turismo, hay flamenco, paisajes y hasta una guagua gigante que se ríe. El siguiente: Italia, nuevamente evitando la infinita fila. De ciudades solo aparecen unas fotitos de iglesias antiguas y la maqueta de un edificio habitacional ecológico. El resto son esculturas, Ferrari, vestidos, pianos, más vestidos, vinos y comida.



El próximo es Francia. Sobre ciudades, unos videos futuristas de ciudades que flotan, edificios de quinientos pisos, y un par de planos de proyectos. El resto son vinos, Citroen, Luis Vuitton y esculturas. Alemania: fila de 6 horas. Sería todo.



Sin palabras me dirijo hacia los países escandinavos; parto con Dinamarca. Fotos de situaciones urbanas y una rampa en espiral para bajar en bici. El siguiente es Finlandia, con otra rampa en espiral, pero para subir caminando y mirando salas blancas casi vacías, algunas de las cuales tienen videos, y otras que tienen “muebles del futuro”. Que pase el siguiente: Suecia. ¡Por fin! Luego de Chile, es el segundo pabellón que se toma en serio la temática. Desde proyectos urbanos hasta la escala del reciclaje en las casas. Qué alivio.

Luego de la decepción europea, parto a Asia. Nuevamente, el panorama se repite, con pabellones convertidos en vitrinas de playas, ruinas y comida: Indonesia, Singapur, Israel, Malasia. En Oceanía, Nueva Zelanda parece hacer un esfuerzo.

Última parada: África. Un gran pabellón alberga a la mayoría de los países, cada uno de los cuales cuenta con menos de 100m2 para exponer o simplemente vender artesanías. Sin embargo, es en uno de estos pequeños pabellones donde aparece el tercer real esfuerzo por contribuir al lema de la Expo. Este pabellón es de Togo. Con la superficie de un departamento de dos dormitorios, Togo despliega sencillos proyectos urbanos, pequeños proyectos de sustentabilidad ambiental y visiones sobre cómo quieren sus ciudades y sistemas de transporte en el futuro. Todo un ejemplo.



Probablemente la decisión de tener pabellones de ciudades en paralelo a los pabellones de países tendió a debilitar los contenidos y las puestas en escena de ambos, en especial de los recintos destinados a naciones. Sin embargo, parece haber razones más profundas para explicar lo que, a gusto de un simple estudiante latinoamericano, resultó ser una exposición pobre en contenido. Una muestra que no cumplió con los objetivos que implicaba realizar uno de los encuentros culturales más importantes del siglo, más aún con un tema tan interesante y contingente como es el mejoramiento de la vida en las ciudades.

Tal vez la exposición que hace casi dos décadas organizó Sevilla resistía una muestra cultural sobre historia y turismo, ya que en 1992 las comunicaciones -en especial internet- no tenían la penetración y el desarrollo que han alcanzado hoy. Un encuentro internacional el año 2010 está obligado a abarcar temáticas de interés global para poder trascender y convertirse en cumbre de ideas. El intento en Shanghai parece no haber sido lo suficientemente vigoroso. Países que no tomaron en serio su participación, pabellones que hicieron una exposición para la entretención fácil de las masas chinas, una organización que subestimó a su propio pueblo prefiriendo cautivar con luces y colores.



Pabellones atractivos por fuera y vacíos por dentro, y un gran despliegue comunicacional para un encuentro que deja gusto a poco, muy poco.

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